Presentación a “Desde la ermita”

  No me resulta fácil escribir una introducción para el manuscrito que tengo entre manos. Me lo trajo un amigo portando la carga de lo entrañable. Me dijo que podía ser breve, que no me preocupara, que fuera sincero.

  Mi dificultad comienza ante la naturaleza del texto. El mismo, combina enseñanzas espirituales de tipo coloquial en un contexto monástico con descripciones algo minuciosas emparentadas con lo poético. Para colmo de males, se agregan al final dos anexos breves que oscilan entre el ensayo fenomenológico y la reflexión filosófica.

  Pero el aprieto no termina ahí. Aunque algunos pasajes permiten situar lo relatado en un tiempo preciso, la sensación que tuve al terminar la lectura fue de incertidumbre. El contenido va develando cierto proceso; en ocasiones el autor nos habla del pasado, en otras se refiere al presente y hay pasajes en los que creo que imagina, no sin comprometerse, cierto futuro.

  No soy una persona que adhiera a una religión particular. Tampoco me embandero con el ateísmo. No me siento relativista, ni consumista, ni entre aquellos que practican un adormecido hedonismo. En algún punto el texto me molesta, pero lo digo amistosamente.

  Me ha importunado el optimismo y la esperanza que transpira este pequeño volumen. Me viene a sacudir la capa de nihilismo con la que suelo protegerme de las desilusiones que me produce el mundo. Esta gente cree y se lo cree con todo. Y parece que lo vive y que le gusta y que la pasan mejor que yo, sin duda.

  Es que no hay afectación ni burda beatería, ni encapsulamiento en arcaísmos que produzcan aversión. No puedo negar que me agrada la combinación entre inteligencia y emoción con la que se ha tejido el texto. Me deja interrogantes pero como puertas abiertas, posibilidades en lo por venir. Esta gente sencillamente me interesa.

  Este escrito viene a consolidar una conclusión a la que arribé hace tiempo y de la mera observación del movimiento social: Las religiones no están desapareciendo.

  La espiritualidad o la religiosidad en el ser humano, no está retrocediendo pese a la explosión de lo tecnológico y de lo material invasivo y apabullante. Y tampoco quedan relegadas las religiones a un mero fenómeno cuantitativo de piedad popular, como pronosticaban entendidos analistas del trasfondo sico-social a principios de los ochenta. A mí me cuesta asociar el opio de los pueblos con la profundidad sencilla que aquí se trasluce.

  Ese amigo de muchos años que me trajo el compromiso ineludible de poner algunas palabras antes del texto mismo y que me dio la libertad y la confianza de escribir las que quisiera, dice que “Dios no ha muerto, ni allá en el cielo ni aquí en la gente” y que “no solo no ha muerto, sino que dará que hablar”.

  Su ingenua frescura suele irritarme, ese optimismo inflexible que él llama su fe, choca con mi esquemático racionalismo. Pero no puedo ocultarme que esa característica es lo que más me agrada de su persona. Reconozco que me gustaría creer como cree él. Me gustaría sentir como sienten ellos que tienen las cosas claras, poseer la fuerza vital que les viene de esa unidad interior.

  Voy a terminar estas líneas citando no al autor, a quién no conozco más que por el texto y que no parece muy interesado en darse a conocer, sino a mi cordial amigo, que por correo me contaba una caminata que había realizado a un monte cercano al monasterio donde se encontraba. La experiencia que describe me es ajena pero como él dice “ya por desearla te acercas a vivirla”.

  “Mientras recorro el sendero, sombreado por numerosos árboles, que se va angostando a medida que me acerco a la cima, respiro profundo el calor del mediodía. Voy en busca de la Virgen, que me han dicho preside la cumbre.

  Hay rincones umbrosos de tanta vegetación, ¡tan pletóricos de vida!

  No supe que fue, si la gracia, el esfuerzo físico o el santo Nombre que musitaba de continuo, lo que habilitó la experiencia.

  Empecé a percibir los rayos de sol que penetraban el follaje, como dibujados, muy nítidos y claros. Lo sagrado se evidenció de inmediato mediante una calma particular que me inundó el corazón y los miembros.

  Se ausentó todo rastro de prisa y una alegría profunda y sin expectativas se adueñó del ánimo.

  Me crucé con el extremo de una sutil enredadera, muy verde, grácil y hermosa. Justo en ese momento un rayo de sol hizo centro en ella y le centuplicó la belleza. Aunque no lo pude ver con los ojos, aquel haz de luz divina debió tocarme también el corazón, porque rompí a llorar sin voluntad alguna, asombrado de la algarabía que crecía conforme fluían las lágrimas.

  ¡Eres tan hermoso Señor! ¡Tan deslumbrante!

  Advertí los innumerables gestos de amor de Dios que me rodeaban.

  Cobijé con la mirada el verde esmeralda del trazo final que buscaba enredarse, atesoré el sonido de las hojas crujientes que alfombraban el suelo… me pareció sentir el palpitar del monte que lo oxigenaba todo.

  ¡Oh Señor, fuente de toda inmensidad, que grande y hermoso eres!”

  ¿Será posible que yo trate a los demás con algo del amor que Tú me tienes?

Joaquín Montero