Sobre el ego II

Continuación de “Sobre el ego I“…

Por decirlo de otro modo, el ego es lo que pensamos o creemos de nosotros mismos.

Cuando dices tu propio nombre, “Juan” o “Alberto”, eso que sientes en el momento en que te nombras, esa es la sensación resultante de los mecanismos antes mencionados.

La ropa que vestimos y lo que vemos y juzgamos cuando nos miramos al espejo, el desempeño laboral, lo que nos dicen de nosotros, una pareja, un amigo, el jefe, la sociedad en general… todo va a dar al mismo sitio de evaluación constante y todo eso influye y condiciona. Lo que suponemos ha sido nuestro pasado, lo que consideramos probable a futuro, todo termina cayendo al mismo sitio.

Por esto a veces hemos escrito, y otros lo han hecho también, por cierto, que la ascesis o la religiosidad muchas veces termina siendo “usada” por este ego como mecanismo para mejorar ante sí mismo su status, su auto imagen, que ahora se ve condimentaba con “virtudes ascéticas”. El problema de esto, claro, es que la ascesis termina alimentando algo inexistente, generando un orgullo que aunque puede brindar contento en los primeros tiempos, no construye nada verdadero en lo espiritual.

La mayoría de las acciones humanas surgen motivadas por la necesidad de restablecer una adecuada imagen de sí mismo o de mantener una buena imagen si fuera el caso. De allí que mucho se ha dicho: el ego es esclavitud.

Es un tema bastante extenso, que se va lateralizando para comprenderlo acabadamente. Porque hay un condicionamiento raíz, previo a esto que tratamos, que es la búsqueda de sensaciones. El cuerpo junto a ese instrumento propio de él que llamamos mente, está condicionado, impulsado a la búsqueda de sensaciones placenteras en todo momento.

No hay nada que se haga que no termine provocando una sensación ‒neutra, agradable o desagradable‒ y detrás de todo movimiento está este objetivo involuntario de conseguir una sensación agradable. Esto es parte de la naturaleza humana, al menos de la que conocemos en esta condición caída. Entonces sucede que así como la interacción con diversos objetos y el intercambio con algunas personas nos brinda gusto y satisfacción, tener una imagen de sí mismo muy buena ‒le suelen llamar autoestima en psicología convencional‒ nos brinda un placer de fondo que se vive como muy gustoso.

Esto se hace adicción y es lo que se busca en general detrás de todo emprendimiento por grande o pequeño que sea. Incluso, a veces, muchas acciones sacrificadas o aparentemente dolorosas que se efectúan “por el bien de otro” resultan ser máscara de la búsqueda de una mejoría en la propia imagen. Mucho del amor que se declama, viene a ser en ocasiones una velada búsqueda de aprobación o de mantener junto a sí a alguien cuya cercanía nos enaltece a nosotros mismos.

Podríamos seguir dando ejemplos acerca de esto, pero creo que es suficiente si puedes cotejar con la propia experiencia interior e íntima de lo que muchas veces ha motivado lasacciones en el pasado.

¿Cómo desarticular el ego, para que nuestro hacer consolide algo que no sea ilusorio?

Esa es una pregunta que es importante responder. Antes que nada es preciso comprender muy bien el mecanismo, verlo realmente actuando en uno y en otros porque eso ya lo debilita enormemente. No se vence al ego luchando contra él, porque esto le da entidad a lo ilusorio fortaleciendo lo que se quiere disolver.

Comprender es un suceso interior de mucho más valor que el entendimiento. Comprender no es un conocimiento, sino un saber. Es darse cuenta de que lo que parecía no era, y eso solo ya lo cambia todo. Cuando uno escucha un ruido en la puerta de entrada y se imagina que es un ladrón, todo se tensa y crispa y se emprenden acciones preventivas, hasta que uno advierte que era ese amigo que estaba entrando. Cuando se percibe al amigo entrando ya no es necesario hacer nada más para que cese en uno la tensión, esta se ha disuelto por sí misma debido a la disolución de la ilusión.

Cuando realmente nos damos cuenta de lo que es el ego, eso que habla cuando decimos “yo” digo, “yo” pienso, “yo” haré, etc., y de su naturaleza ilusoria, inexistente, se alumbra sola la intuición de lo que somos. Mientras se va despejando lo fantasmal se va haciendo más clara la presencia de Aquél a quién buscamos.

Este vivir con Dios que todos anhelamos aunque se formule de distintas maneras, es un presente real y posible que se instala sin esfuerzo en el momento mismo en que advertimos que no éramos lo que creíamos ser.

Te habrá pasado como a mí que viendo una película solemos identificarnos con un personaje y “sufrimos” lo que a este le va sucediendo. Al terminar el film volvemos a la realidad y ya nada de aquello que acontecía nos preocupa, porque sabemos que no somos ese personaje. Es similar lo que se siente cuando uno va comprendiendo la naturaleza del ego y se va asentando en aquello que es, y que no puede estar sino junto a Dios.

Continúa…

Texto propio del blog

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3 respuestas a Sobre el ego II

  1. Frederico dijo:

    Gracias por los textos!
    El egoísmo es malo, pero creo que el ego no lo es. Es como el grano de trigo (Juan 12). Debe morir, pero no es malo en sí mismo. Muere para dar mucho fruto. Para ser voluntad de Dios…
    Santa Pascua para tod@s! En comunión con la Iglesia y el Papa Francisco!

  2. Dolores dijo:

    Coincido plenamente con las dos aportaciones sobre el ego. Precisamente puedo compartir mi experiencia ahora que me siento ‘liberada’ de él: una imagen de una aparente realidad, en una aparente situación donde todo es muy hermoso. Implica una negación de lo que es y una aceptación a lo que debería ser, tal y como sucede en la literatura donde el mundo del posible existe.
    El problema llega cuando es el momento de desperar: las mismas circunstancias exigen tocar la realidad, no es lo que quiero y me niego a aceptarlo porque simplemente en la realidad sigo siendo simple, sencilla, mientras que en la fantasía era ‘otra’ persona. Separarse de este ‘sueño’ duele, genera muchos trastornos incluso físicos. Lo veo como la lucha del bien contra el mal siempre y cuando estoy consciente de lo que vivo (la fantasía y la realidad); yo lo llamo ‘mi demonio con cara de ángel’: demgel.
    Jesús es mi guía y mi salvación en ese momento. Me mira y está conmigo en ese momento duro, yo confío que pronto pasará aunque duela mucho. Jesús confía en mi como al dormir en la barca; y cuando ve que estoy a punto de perder, simplemente ordena al demgel retirarse… y ése se aleja. Jesús me abraza como una madre a sus pollitos y me consuela. Finalmente, me explica con ejemplos el por qué de esa situación (ejemplos de la vida cotidiana, del Internet, de la tv, del trabajo mismo). Me ha enseñado a identificar mi ego y cómo me puede hacer daño. También me ha dado los dones para enfrentarme a ese demgel y sobre todo, me dice que jamás se separará de mi.
    Sigo aprendiendo… Mi amor, mi Señor Jesús.

  3. Arnulfo dijo:

    Este texto me ayuda a comprender algunos movimientos del ego, pero me encuentro, en que muchas veses no lo percivo , otras veses no lo veo, es algo asi como una cegera interna, Gracias.

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