Alfarería

Receptivos a la gracia

El eremita trabajaba el barro. En paciente actitud lo amasaba dándole forma poco a poco.

Con precisión, lo horneaba hasta el punto justo en el que adquiría la consistencia necesaria a su función. A través de su mano nacían cuencos y vasijas de variada morfología.

Eran objetos peculiares, resultaban extraños por cierto acabado indefinible. Podían exhibirse sin desentonar en un rincón de artesanos urbanos, en una feria aborigen de la frontera o en la mas elegante tienda de un lujoso mall.

Es que ciertamente agregaba valor a las piezas. Quizás fuera el esmaltado de algunas, la pintura patinada o los objetos naturales con las que solía decorarlas; su condición solitaria se puso en juego al adquirir creciente fama sus productos.

Cuando le pregunté acerca de la anómala cualidad de la que parecían dotados sus recipientes, me respondió aludiendo a que “es el vacío de la vasija lo que la hace tal y brinda utilidad, no el material con el que está construida”.

Yo le respondí algo sarcásticamente que sin el material el vacío no podría manifestarse. Pero el me contestó rápido y mirándome a los ojos: “No es cierto. El vacío está de cualquier manera. El material viene a dividirlo y a señalarlo. Es apenas un recurso para evitar el miedo”.

Aunque no entendí claramente, me quedó un regusto desagradable, como cuando uno pega un salto desde un sitio más alto de lo que parecía.

Mientras el embalaba pausadamente las piezas que le había comprado le pregunté si esa oración que repetía se le había hecho costumbre, si ya era como un tic que le pasaba desapercibido y quise saber porque lo hacía casi todo el tiempo.

Volvió a mirarme y como sonriendo, pero solo con los ojos. Me dijo que al rezar su mente permanecía ocupada en la letanía y que entonces aquello que creaba la vasija podía expresarse sin interferencias.

No entendí o no quise entender entonces. Siguió diciendo: “En este caso trato de hacerme recipiente, la oración viene a ser el material, trazos que señalan la receptividad”.

Quedé perplejo y dividido. Una parte de mí se entusiasmaba con las posibilidades interiores de lo que describía y la otra quería ya salir de vuelta hacia la ciudad.

Finalmente, luego de que cargamos todo en el auto le pregunté no sin cierta condescendencia: ¿Y usted porque le pide piedad a Jesucristo? “Es mi manera de pedirle que me utilice como herramienta de su alfarería”, me dijo.

El camino de montaña, era sinuoso, largo y debía transitarse lento. Vi las luces de la ciudad a lo lejos y en una curva divisé el valle inundado de luz.

Pese a ello, tuve la sensación de que la luz quedaba detrás, en medio de la oscuridad del bosque.

Texto propio del blog, sección “desde la ermita” 

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3 respuestas a Alfarería

  1. esteban dijo:

    la profundidad del vacío, sentir que a uno “lo llenan” los demás y permitir ser reflejo de la luz. ¡Qué misericordioso el Maestro que a algunos da este don de ser “vasija recipiente”.

  2. Anónimo dijo:

    el trabajo es de los dos el pone la esencia y yo pongo el cuerpo

  3. Holle Frank dijo:

    Es un texto lleno de poesia y me hace reflexionar en el dialogo. Me gusta volver a leerlo.

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