Ad gaudia silentii *

El júbilo surgido del efecto de la gracia iluminante…

* Lograda expresión del amor en el desierto

Las teofanías

268. En efecto, de tiempo en tiempo, se revela a aquél que ha sido objeto de la elección y el amor divinos, un cierto reflejo del rostro de Dios, como una luz encerrada en las manos que aparece y se oculta al arbitrio del que la lleva, de modo que lo que se le permite ver como de paso y en un relámpago, inflame el alma con el deseo de poseer en plenitud la luz eterna y heredar la perfecta visión de Dios.

269. Y para hacerle comprender, de alguna manera, lo que le falta, la gracia toca a veces ligeramente, como al pasar, los sentidos del que ama (sensum amantis), lo arranca de sí mismo y lo arrebata hacia el día eterno, lejos del tumulto de las cosas, hacia los gozos del silencio, y por un momento, por un instante, según el beneplácito, Él mismo se muestra, para que pueda ser visto tal cual es, (Jn 3, 2) y aún a veces los transforma en lo que él es, a fin de que sea, según su capacidad, semejante a él.

270. Entonces, habiendo aprendido cuál es la distancia que separa lo puro de lo impuro, el hombre es devuelto a sí mismo, entregado de nuevo a la tarea de purificar su corazón para alcanzar la visión y preparar el alma para la semejanza. De modo que, si es admitido de nuevo a aquella gracia, esté más purificado para la visión y pueda gozarla más establemente.

Purificación del alma

271. En efecto, en ninguna parte se comprende mejor la medida de la imperfección humana, que a la luz del rostro de Dios, en el espejo de la visión divina. Allí, en el día eterno, viendo el alma cada vez mejor lo que le falta, corrige cada día por la semejanza lo que le falta por causa de la desemejanza; ella se aproxima por la semejanza a aquel de quien se había alejado por la desemejanza. Y así, una semejanza cada vez más nítida acompaña a una visión cada vez más clara.

El reposo en Dios

275. El corazón piadoso tiende con tal ardor hacia este bien, por amor del bien en sí mismo, que no puede apartarse de él hasta que no se haya hecho una sola cosa o un solo espíritu con él.

Y cuando esta unión ha llegado a ser perfecta en él, sólo el velo de esta vida mortal lo separa y mantiene alejado del santo de los santos, de esa sublime beatitud de los bienaventurados. Pero como por la fe y la esperanza ya goza en su interior de aquel a quién ama, soporta con una paciencia más llevadera lo que todavía le falta por vivir.

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Extraído de: “Carta de Oro” de Guillermo de Saint-Thierry

(de claridad en claridad o la contemplación divina)

Pags. 145/6- 148, Colección Padres Cistercienses,

publicado por el Monasterio Nuestra Señora de los Ángeles, en Azul, Argentina. (2003)

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Aquí un vídeo enviado por Heraldo


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2 respuestas a Ad gaudia silentii *

  1. Noe dijo:

    Este texto expresa muy bien el encuentro con Dios a través de la contemplación, en lo que llama el “dia eterno”; que yo imagino que se refiere a la vida después de la muerte, pero palpable ya en la vida terrenal a través de la contemplación.
    La última parte del “reposo en Dios” me recuerda a santa Teresa de Ávila cuando escribió: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero que muero porque no muero”.

  2. zambullida dijo:

    Bellísimo texto y…, la foto acompaña. Es de lo más hermoso que he leído hasta ahora en este blog ¡Gracias mil!

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