Amor consumado

Por Cristo, con Él y en Él

El pueblo era viejo, nadie recordaba bien cuando había sido fundado ni por quién. Pero se sabía que era mas antiguo que muchas ciudades hoy opulentas.

Cosas del destino, de los trazados de las vías férreas, de los entramados económicos; si bien nunca fue populoso, ahora estaba muriendo.

La gente se estuvo yendo por años, de a poco. Se iban los hijos a la ciudad y luego se iban los viejos también, para las urbes o al mas allá.

El cura del pueblo era anciano también. Pero no se iba ni se moría.

En algún momento lo quiso trasladar un Obispo, para rotar un poco el clero en la región, pero los vecinos de entonces pidieron que se quedara y así se resolvió. Habiendo excedido largamente la edad para retirarse, ni él lo pidió ni nadie en la curia se acordó.

La rutina del sacerdote era ejemplar. Rezaba las horas sin falta, sin apuro y poniendo contento en ello. La Iglesia estaba abierta, sin llave, como siempre lo estuvo desde que llegó al lugar. “¿Cómo cerrar la casa de Dios?” – había dicho en su momento .

La Misa, santa por donde se la viera, se ofrecía cada anochecer. Pero los asistentes menguaron y luego desaparecieron al transcurrir los años.

El Padre empezó a llevarla a las casas, oficiaba al lado del lecho de los enfermos o en casas de los vecinos y así lograba que algún familiar asistiera, que La Palabra, de algún modo, se expandiera.

Llegado el tiempo en que no pudo casi caminar,  empezó en solitario a celebrar. Nunca supo a ciencia cierta  si era ya el único habitante del pueblo.

Con una movilidad en extremo limitada se mantuvo sin embargo saludable. Comía muy poquito de lo que tenía en la despensa y – hábito de seminario durante la guerra- seguía bañándose con agua fría cada mañana.

No puede decirse cuantos años pasaron, pero si que la misa se ofrecía. Al igual que la noche y el día, el cura persistía. Ni se acababan las hostias, ni disminuía el vino, ni se apagaba el ardor del amor divino consumado en él.

El mundo no supo ni sabe cuantas guerras se evitaron y cuantos llantos cesaron por el sacrificio diario en el altar del solitario.

Parece que un día vino Cristo, no sólo en las sagradas formas y abrazándolo entrañablemente lo llevó con Él.

Texto propio del blog

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