Nativitas Cordis

Óleo "Natividad" de Mantegna A.

Fragmentos:

–          Quisiera dejar lo viejo que hay en mí para dar lugar a lo nuevo. Me ha impactado mucho siempre aquello de la posada llena de viajeros que no tenía lugar para recibir al redentor. Siento que si no dejo que cierta manera de ser muera no va a surgir la nueva.

–          Es posible. No está mal el punto de vista que usas… este momento especial donde celebramos el nacimiento de Jesucristo es propicio para una revisión, para un examen atento de la propia conciencia. El final de año también puede servir en ese sentido.

–          ¿Usted que me sugiere Padre?

–          Lo mismo que me recomendó Hermano Valentín antes de la primera confesión que hice con él. Hacía pocos días que me había sometido a su dirección espiritual y me dijo que hiciera un buen examen de conciencia, pero atendiendo especialmente a aquellas faltas repetitivas, a eso que siempre me perseguía, a lo no superado, a lo que siempre me derrotaba. Me instó a ser profundamente sincero, a no mentirme ni justificarme, a buscar sin miedo.

Insistió en que no se trataba sólo de dolerse del error, de la falta o del pecado y de hacer propósito de enmienda sino que también era necesario comprender acabadamente el origen de todo ello, para así poder cambiar realmente la conducta. Volvía una y otra vez al concepto de la metanoia, que ha sido usada como arrepentimiento en el uso habitual, tratando de mostrarme la transformación que necesitaba.

–          ¿Cómo es esa transformación, a qué se refería?

–          Me explicaba que metanoia era más que “cambio de mente”, que se trata de modificar la disposición total del ser de la persona. Necesitaba de un reconocimiento profundo de las propias debilidades y de lo que eran los pilares en los que se asienta el ego.

Él siempre equiparaba pecado a ego. Decía que sin ego no había forma de pecar y que por eso todo el trabajo ascético consistía en un ir debilitando al “yo”.

Como sabes, el trabajaba la madera haciendo hermosas figuras iconográficas y esculturas religiosas y por eso hablaba siempre de desbastar, que es ese ir sacando a la madera lo que no corresponde con la figura que se quiere descubrir.

Los pecados repetidos hasta el cansancio, no sólo deben ser motivo de compunción sino también de comprensión profunda de las tendencias que impiden el advenimiento de Cristo en el corazón. El nacimiento del Señor es posible hoy en el interior profundo de uno mismo, en el recinto sacro donde vive el reino dentro de este cuerpo-templo; pero hay que hacerle espacio en la posada, prepararle el lugar.

En aquello que siempre se repite está la oportunidad para develar por donde hemos sido sometidos. ¿Qué impide la luz pura de Cristo vivo en mí? Eso que una y otra vez te hace pecar en el mismo sentido, en la misma acción. Eso, que hablando con verdad, mas detestas de ti mismo. Te voy a dar un ejemplo experiencial.

A mi desde niño y hasta bien entrado en la juventud, me costaba mucho decir la verdad. Uno de mis pecados recurrentes era la mentira. No quería mentir, pero me descubría haciéndolo. Volvía a caer, una y otra vez.

Empecé a librarme de ella cuando advertí que mentía porque no asumía. No le mentía a los demás sino a mi mismo a través de ellos. No aceptaba lo que era, lo que hacía, lo que sucedía. Quiero decirte…hay que buscarle al pecado recurrente lo que esconde, cómo es que te enlaza y te domina.

En esa confesión decisiva para la cual me preparó tantos días, Hno. Valentín me dijo. “Debes enamorarte de la verdad”. Quién ama la verdad deja de mentir”.

Eso me sirvió mucho porque en vez de oponerme a la mentira empecé a buscar la verdad en todo lo que hacía y decía y pensaba… abordé el tema por el otro lado ¿me explico?

–          Si Padre, creo que sí.

–          Me concentré en ver la verdad que veía de mi mismo para así poder luego efectuar el acto de asumir, de aceptar. Porque la mentira estaba antes que en lo que decía sobre ciertas cosas, en la mirada que tenía sobre mi mismo.

–          Comprendo.

–          Por eso, lo primero en el examen de conciencia es tener muy en cuenta lo recurrente, lo repetitivo. Eso que siempre vengo a confesar solo para volver a realizar luego.

Y a partir de eso trabajar en la comprensión de las vías por las cuales surge esa conducta.

Muchas veces se apela a la mención del demonio para explicar el origen de nuestras caídas… y yo sin negarlo, quisiera enfatizar en que eso sirve muchas veces para no verse a uno mismo con crudeza.

Que nazca en uno mismo el afán de transformarse en Cristo, el deseo profundo de dejar de ser el que se es, implica primero un reconocimiento y luego un atento trabajo aplicado, concentrado en superar precisamente esa cuestión.

Superar lo que debo superar, atender a lo que debo atender y no distraerme con menudencias. Hacerme cargo de que sino dejo eso atrás no podré avanzar en la imitación del modelo que me muestra Cristo.

Pregúntate: ¿Qué debe morir en mí para que nazca El Salvador en el corazón? ¿Qué debo sacar de mi vida, que debo abandonar para dejarle espacio a Cristo?

Algo que ayuda mucho, es imaginarse muy precisamente aquel nuevo modo de ser que uno quisiera encarnar. Con mucha atención, verse a sí mismo según los anhelos profundos, esos que se adecuan al modelo mas venerado. Porque el ir creciendo en esa concordancia entre lo que se quiere ser y lo que se es, brinda mucha paz a la conciencia y es algo muy genuino que podemos llevar a la oración.

Ofrecer con toda desnudez, eso que quisiera ser pero que cabalmente comprendo que no soy, eso es un presente muy valioso; es oro, incienso y mirra.


Imagen extraída de:

champagnat

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