Los primeros días

Mateo 6, 25-34

–           Padre…quiero pedirle que me cuente un poco, si puede, sobre los primeros días, cuando dio inicio a esta pequeña comunidad ; tener una idea clara de los comienzos.

–           ¿¡Qué te puedo contar!?…han pasado tantos años, mas de treinta largos y hermosos años.

–           Lo que pueda contar, lo que le parezca que pueda servir si alguien se dispone a hacer lo mismo…o anécdotas, cualquier cosa nos puede servir.

–           No fue nada fácil. Ya sabes que se me había dispensado de los votos temporalmente y que con tres hermanos, dos monjes como yo y uno laico, estábamos decididos a irnos al desierto… a esto me refiero cuando digo que no fue nada fácil.

Primero, aceptar que sentíamos la llamada a semejante vida en nuestro interior; luego, asumir que no podíamos decirle que no a ese impulso interno sin grave riesgo para la propia conciencia, sin pecar, dicho en crudo y como lo sentía entonces.

Posteriormente, transmitir eso a los respectivos directores espirituales o confesores, a los cuales uno estaba sometido en obediencia y confiar en que ellos comprendieran y aceptaran de buen grado semejante intento. Eso fueron dos años mas o menos, de discernimiento, de dudas y de idas y vueltas interiores.

Por último, a nivel práctico, elegir el sitio adecuado, implementar el modo en que nos íbamos a sostener y lograr el nivel de experiencia en el tiempo que se nos había dado, como para pedir después la aprobación temporaria del obispo.

Queríamos estar solos y lejos, pero no sentirnos fuera de la Iglesia. Creo que esa intención fue muy importante en el desarrollo posterior y en la benevolencia con que fuimos acogidos, pese a nuestro aparente anacronismo.

No te olvides que habían pasado pocos años desde el concilio y de que eran tiempos muy turbulentos. Si bien había, como ahora, tendencias antagónicas en la Iglesia, en esos tiempos estaba claro cual tenía las de ganar. Todo iba en una dirección, que no era precisamente la que nosotros parecíamos elegir. En realidad ni nos metíamos en el tema. Nosotros queríamos imitar a los Padres del desierto y encarnar ese ideal como pudiéramos con la ayuda de la gracia que nos fuera dada.

–           ¿Usted habla Padre de todo eso de la teología de la liberación enfrentada a la postura tradicional y del asunto de los que se oponían al concilio y los que lo apoyaban…?

–           Si. Nosotros, ni hablábamos de eso y creo que hasta hoy no es un tema de conversación entre nosotros. Simplemente teníamos un ideal y queríamos seguirlo fielmente, los otros temas sentíamos que nos apartaban del encuentro con Cristo en el corazón.

–           Después, para no interrumpirlo le voy a preguntar sobre el tema de su anonimato y de todos en particular, porque es algo que se me pregunta a menudo, con algún tono de reproche, respecto a si no es egoísmo o si no es faltar a la caridad fraterna esto de mantenerse sin revelar nombre ni ubicación y esas cosas.

–           Bueno, lo hablamos cuando quieras.

–           Pero siga nomás Padre, cuénteme de los primeros días.

–           Bueno… vinimos con seis carpas chicas, de lona, una para cada uno, otra que hizo las veces de oratorio y la última como almacén para guardar los víveres a cobijo de la lluvia.  Llegamos a media tarde y cuando dejamos los bolsos en el suelo y nos sentamos a mirar la vista, cerquita de donde ahora esta la cruz, nos emocionamos.

No habíamos dicho palabra desde que emprendimos el ascenso y tampoco en ese momento. Me acuerdo bien que estábamos algo jadeantes por el esfuerzo y que al ratito se nos fue serenando la respiración y que eso dio lugar al sonido del viento bastante fuertecito allí arriba… y que ver todo ese llano abajo y hasta tan lejos me emocionaba y creo que a todos.

Personalmente, algo en mí sabía que difícilmente volvería al mundo, había ya cierta certeza de que allí estaría mi tumba, de que había llegado a casa y eso era muy conmovedor como experiencia íntima.

–           Se sentaron y miraron el paisaje…y ¿que más Padre?

–           Me acuerdo, era evidente, que estábamos todos emocionados y que el silencio que nos habíamos impuesto hasta vísperas lo hizo mas intenso. Habrá sido un momento breve, no más de veinte minutos estuvimos allí sentados. Pero es quizás el momento mas intenso de toda mi vida. Fue un reconocer, en cierto modo, que no había ido allí por mi voluntad.

Por supuesto que uno decide y dice me voy y haré esto y aquello, pero el corazón no racional, el sentimiento, sabía que “había sido conducido” y llevado hasta ese punto y me sentía muy agradecido aunque también muy temeroso.

–           Muy hermoso lo que siente Padre, me parece verlo allí mismo.

–           Claro… después armamos las carpas, dispusimos el oratorio y rezamos vísperas un poco mas temprano para que no se nos fuera la luz del día. Fue importante una decisión que habíamos tomado previamente, creo que fue decisiva. No íbamos a ponernos frenéticos en hacer lo que había que hacer, postergando para después la generación de un espíritu de recogimiento. De ninguna manera.

Porque imaginate, había que desmalezar o limpiar el terreno donde íbamos a estar, preparar el terreno para la huerta, organizar bien las raciones de alimentos según lo programado, erigir la cruz, buscar leña…cuando recién llegas hay mucho que hacer, luego ya todo se va haciendo mas tranquilo. Pero nos habíamos propuesto que orar y mantener dentro y fuera un espíritu recogido era lo más importante, no la logística del asunto.

Porque sino traicionaríamos de entrada el ideal del desierto. Ir al desierto para estar mas ocupado que en la ciudad no tenía sentido. Había que labrar y hachar y construir las celdas, pero queríamos antes que nada ser monjes del desierto y no labradores, leñadores o constructores. ¿Se entiende verdad?

–           Si y muy bien Padre.

–           Entonces los primeros días fueron de organización pero a un ritmo mucho mas lento del que lo hubiera hecho cualquier persona que se va de campamento. Sabíamos que lo importante no era lo de “afuera”, ni la implementación sino la confianza en el llamado y poner nuestro refugio en Él. Teníamos otros horarios que el que tienen ahora los monjes.

Dormíamos de noche para aprovechar bien la luz en las tareas, eso si. Ahora que tienen todo organizado no hace falta. Así que en la mañanita luego de laudes nos distribuíamos tareas y de a poquito sin romper nuestro ritmo de oración las fuimos haciendo…


Enlaces de hoy:

Textos Historia de la Iglesia

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