Reverencia

Abandono en Dios

Abandono en Dios

Puede haber una actitud meramente ritual o farisea, una conducta vaciada de espíritu, que consiste en la ejecución de la externalidad de un acto sin su correspondiente significación interior.

Abordamos este tema al principiar la participación en nuestra comunidad, porque debe evitarse a toda costa padecer ese modo de hacer, que termina vaciando de sentido la actividad espiritual.

Y no es algo que suceda intencional, este quedarse en la cáscara de las cosas sino que acontece inadvertidamente, como resultado de un planteo inicial equivocado.

Examinemos el caso de la reverencia.

Como habrán apreciado ya, todos nosotros nos inclinamos de manera reverente ante la Cruz que nos preside, una y otra vez, en cada ocasión que nos toca pasar frente a ella. Idéntica actitud adoptamos por supuesto ante el sagrario, en nuestro humilde oratorio.

Pero ¿que es lo que hacemos cuando respetuosos nos inclinamos ante la figura de lo sagrado?

Lo que hacemos es expresar con el cuerpo una realidad que vive en nuestro espíritu. Sentimos reverencia, admiración, tensión de amor y dejamos que nuestro cuerpo lo manifieste inclinándose, venerando.

Y no lo hacemos por deber, o para ser vistos por otros sino porque lo sentimos justo, correspondiente. Pero puede que suceda que no se esté animado por esa disposición del ánimo, puede que no se sienta eso siempre, puede que aún no se haya encontrado la posición espiritual adecuada.

Entonces tenemos aquí una costumbre que ustedes si desean permanecer habrán de adquirir, una forma que nos sirve de recordatorio y que nos va moldeando.

Nosotros no reverenciamos sino se corresponde a lo que sentimos y entonces, van a ver ustedes que algún monje por ahí, permanece quieto ante la Cruz, sin moverse, sin continuar su camino, quieto y concentrado.

Sepan que se halla buscando en su interior el lugar de la reverencia. Es que se ha salido hacia las cosas o se ha oscurecido su espíritu o divagando ha olvidado la maravilla de la vida.

No van a encontrar aquí si Dios nos lo permite, esas inclinaciones apresuradas, esas semi genuflexiones de compromiso, ese simulacro de postración que suele ser observable habitualmente en los templos de ciudad.

Por esa razón también les será perceptible que aquí se camina despacio, aquí no hay apuro porque la nuestra es sobre todo una labor interior. Labramos el campo del espíritu, intentando cultivarlo, para que nazca en el la flor que no caduca, ese impulso de amor que transforma la vida en acto de adoración.

Nosotros no queremos adorar en la salmodia o en la sagrada eucaristía, ni en el oficio de las horas o durante la lectio o el oficio iconográfico. Nosotros queremos adorar a todas horas, con la mirada, con el paso, con la respiración, con el servicio que nos toca brindar a los hermanos; nosotros queremos vivir adorando, queremos y para eso pedimos la gracia, convertirnos en llamas, en fuego ofrecido.

Así como el enamorado no hace otra cosa que pensar en su amada y hasta se lo llega a considerar enfermo de amor porque no puede hablar, ni pensar, ni hacer otra cosa que rondar en torno de su amada, del mismo modo queremos nosotros vivir en la devoción a Nuestro Señor, encontrando allí la saciedad completa.

Nos ejercitamos en encontrar ese estado y particularmente ante la Cruz y el Sagrario, como especiales momentos de veneración, al igual que ante el icono en cada celda.

Nosotros decimos: El Señor esta en todos lados, porque en el vivimos, nos movemos y existimos, pero nosotros no siempre lo reconocemos o sentimos. Por lo cual esos dos momentos que se corresponden a puntos precisos en el espacio, aquí en nuestro campo, son ocasión y recordatorio y ayuda para volver a Él, a su Presencia que no queremos abandonar.

Unos metros antes de la Cruz, varios pasos antes del altar, puede servirles repetir algo a lo que nos hemos acostumbrado los mas viejos aquí, una cierta letanía, que es personal, privada de cada uno, pero que trata de hacer consciente al monje de lo que se trata.

Voy a inclinarme ante El Señor, creador de los cielos y la tierra.

Voy a inclinarme ante El Señor, origen de toda existencia.

Voy a inclinarme ante El Señor, fuente de toda misericordia.

Voy a inclinarme ante mi Dios y Señor, padre de toda hierba y de todo árbol, generador de las manantiales y de las lluvias, de las aves y las cumbres…

Y así siguiendo cada uno a su manera personal, pero siempre tomando conciencia de esas cosas que aquí en medio de la naturaleza, se nos hacen tan patentes, tan hermosas y siempre denotando la presencia de Dios en ellas.

Verán que no es difícil adorar sinceramente cuando diariamente se observan las innumerables estrellas, exquisitas, indescriptibles, puras en su luminosidad. Cuando se vive el viento cambiante, las tormentas arrolladoras, los amaneceres radiantes.

Han venido aquí por amor a Dios encarnado en Cristo, guiados en secreto por el Espíritu. Correspondamos agradecidos y reverentes haciendo de nuestra vida entera un acto de alabanza.

Ustedes saben que nos organizamos para que delante del santísimo en el sagrario, haya siempre algún hermano arrodillado en adoración.

Sin embargo no ignoramos que eso pretende ser un símbolo de una adoración perpetua, de una devoción afectuosa que debe ser llevada a cabo en el templo de cada corazón.

A eso han venido, eso es lo importante y todo lo demás secundario.

Invoquemos ahora juntos a Jesucristo, por quién se dobla toda rodilla en los cielos y en la tierra y digámosle con unción…


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