Del amor propio

Cristo del Consuelo

Cristo del Consuelo

56. El amor propio, como se dijo muchas veces, es la causa de todos los pensamientos pasionales. De él nacen los tres pensamientos capitales de la concupiscencia: la gula, el amor por el dinero, y la vanagloria. De la gula, nace el de la fornicación; de la vanagloria, el de la soberbia. Todos los otros siguen a alguno de estos tres: la cólera, la tristeza, el rencor, la envidia, la maledicencia, y todos los demás.

57. Principio de todas las pasiones es el amor propio; término, la soberbia. Y el amor propio es el afecto irracional por el cuerpo: el que lo rechaza, rechaza con él todas las pasiones de él derivadas.

63. El que ha obtenido el conocimiento de Dios y ha, realmente, gozado de la dicha que de esto proviene, desprecia todos los placeres generados por la potencia concupiscible.

70. Si después de haber erradicado un poco las causas de las pasiones, nos dedicamos a las contemplaciones espirituales, pero sin dedicarnos a ellas para siempre, durante esta misma ocupación, fácilmente volveremos de nuevo a las pasiones de la carne, y así no extraeremos otro fruto mas que un simple conocimiento unido a presunción, cuyo término será el progresivo oscurecimiento de la conciencia y la completa desviación del intelecto hacia las cosas materiales.

72. Dios ha creado el mundo invisible y el mundo visible, y es por lo tanto Él mismo quién ha hecho el alma y el cuerpo. Y si el mundo visible es tan bello, ¿cuánto mejor lo será el invisible? Si además, este es mejor que aquél, ¿cuánto mejor que ambos será Dios, que los ha creado? En consecuencia si el Artífice de todas las cosas bellas es mejor que todas las criaturas, ¿porque motivo el intelecto, dejando de lado lo mejor, se ocupa de lo peor? Me refiero a las pasiones de la carne. ¿No es tal vez claro, que esto sucede porque el intelecto, teniendo comercio y costumbre con las pasiones desde el nacimiento, no ha tenido todavía una perfecta experiencia de Aquel que es mejor y superior a todas las cosas?

Entonces con el largo ejercicio de continencia respecto de los placeres y de la meditación en las realidades divinas, lo arrancaremos poco a poco de este estado; se dilatará progresando, poco a poco, en las realidades divinas, y reconocerá su propia dignidad. Y al final dirigirá a Dios todo su deseo.

“Sobre la caridad”,

Máximo el confesor Extraído de Filocalia,

tomo II, pags. 93 y ss. – Ed. Lumen, Arg. 2003

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Necesidad de vocaciones


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