Vía cordis

Se respira sin falta, el aire entra y sale mas allá de nuestra voluntad.

Inexorable, el cuerpo se va quemando un poco con cada exhalación.

Cuando se camina, una pierna adelanta a la otra en el breve momento en que permanecemos solo sobre una.

Inadvertido mecanismo, cada paso es desplazar el peso sobre uno de los miembros manteniendo un equilibrio inestable.

Al mirar se representa lo percibido. Y este formarse dentro la imagen de lo de fuera, consiste en un imaginar perpetuo, que independizándose luego de la percepción, remite a la memoria en constante divagación.

Respirar, caminar y observar tornan herramientas para anclar la oración en el centro de la persona, si es que se ha decidido profundamente dar al corazón el trono, el cetro y la corona de nuestra vida.

Que a cada respiración corresponda sagrada invocación y que a cada paso le incumba una oración, es liviana y gozosa actividad  para los que han renunciado a la mente vagabunda.

Esto es propiamente abandonarla a toda ella, porque errante es su tendencia y nómada su enjundia.

Desistir de valorar todo imaginar, eludir todo recordar, acordar en uno la insustancialidad de lo mental, sitúa a las puertas del corazón.

Porque la mente deviene instrumento apto si sirve a un corazón pleno, inundado del Espíritu Santo. De otro modo es ruido que perjudica.

Por eso, no hay método de oración que enraíce en la persona si antes no reniega del valor de los pensamientos, sordos ecos de los meandros orgánicos,  que sin la gracia operante, estorban.

Puede empezarse el ejercicio hacia el corazón, haciendo lento el caminar en todo desplazamiento cotidiano y poniendo en cada paso el Nombre del Señor.

Camino diciendo el Santo Nombre y sino, no camino.

En la celda, a cada inhalación, la invocación; a cada exhalación la súplica. 

Se debe respirar lento, profundo, suave; alimentándose del aire o como si este fuera apetitosa bebida.

Ya en la actividad asignada o en la quietud de la celda; atravesar los pensamientos como insignificante bruma. Saberse caminante divisando el faro, no fijarse en la niebla sino en lo que puede verse a pesar de ella, esto es: la oración sin pausa, que desnuda la intención, que luego vestirá la gracia.

Porque el deseo de la oración cordial ilumina el atajo y quita la maleza. Subordinar todo a esta obra, estimándola por encima de cualquier otra presteza, facilita el reinado del músculo supremo, analogía corporal de Jesucristo en el mundo.

Ocurre que toda fuerza de Él viene y hacia Él vuelve. Porque todo encuentra en Él su sentido. Ya que la invocación atenta escucha el latido, sacraliza los pasos y confiere al aire inspirado dotes de gracia.

La oración del corazón no es solo o no es tanto que a cada pulso le corresponda la repetición del Nombre, sino mas bien la asimilación en uno del corazón de Cristo; que vive donado, descubriendo la voluntad del Padre.


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Aproximación a una Regla de Vida

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