De la duda y la evidencia

Icono Bizantino de la Anunciación

La dubitación surge cuando el centro soy yo, en cuanto ego.

Por lo contrario, cuando el interés radica en hacer lo que agrada al Señor, en cuanto seguir la voluntad suya enteramente, se dan los signos claramente en el corazón. Esto es: En la conciencia que se vuelve sobre si misma ante la Presencia de Dios.

No puede equivocarse el bien intencionado en esto: El hombre interior sabe a ciencia cierta si esa o aquella acción se corresponde con su Sagrado deber.

El deber ante Dios, no excluye la congoja o aún el temor, sin embargo subyace la paz profunda de estar haciendo lo que El Señor quiere.

En general, menudencias distraen al ser esencial, queriendo apartarlo  de Su centro. Importa llegar a estar con Dios y solo eso, a uno y a todos los hombres.

Todo problema, toda duda y angustia, surgen ante la ausencia de la Sagrada Presencia.

Si en Dios…¿qué temo? Temo porque no siento a Dios conmigo. Y si a Dios no siento es porque algo quiero para mi que no es estar con Dios.

Porque si lo quiero a Él se silencia todo movimiento en mí, y al esto producirse, Su santa presencia emerge evidente, al no estar ya el  claro reflejo de la conciencia movido por las múltiples apetencias.

De suerte que todo movimiento surge del ansia y toda quietud de la gracia; el ansia busca el placer y la gracia a Dios, volviéndose hacia el sitio de donde provino.

Ignorantes erramos creyendo felicidad el hartazgo del sentido, absortos en el velo de la medianía, abrazamos la miseria; sin saber que al inclinarnos hacia la total renuncia, el abandono sin límites y la sumisión completa, recalaríamos en el puerto de Sus brazos haciéndonos Uno con Él.

En lo que atañe a la ascesis de los sentidos, la resistencia se manifiesta ante el cambio pretendido. El vicio ejerce inercia, oponiéndose a la purificación que quisiéramos operar.

Es decir que la resistencia muestra la voluntad nueva que la actúa, queriendo mutar la esclavizante costumbre en liberadora praxis. Esta fuerza de lo nuevo libre, ha de sostenerse  apenas un poco, lo suficiente hasta que el sentido acoja la penitencia con el mismo gusto con que antes  lo malsano.

En muy poco tiempo, mucho menos que lo que el tentador pretende que creamos; toda la percepción adecúa su linde al nuevo rigor, disfrutando ahora el pan desnudo y simple como antes el manjar untuoso, acogiendo el duro lecho sin ablandes con el mismo regocijo que antes, los mullidos edredones.

Pero  vale aclarar, que este disfrute y regocijo que se hallan también en la rusticidad de la regla, no encadenan reclamando a cada paso nueva manifestación; sino que van soltando al cuerpo hacia una experiencia de la libertad por entero novedosa, hacia una liviandad y extrañeza de los apetitos e ínfulas que antes constituían su vida por entero.

Y es por cierto este nuevo espacio rústico, libre de afeites y amaneramientos y consentimientos varios, en el que comienza a mostrarse el rostro de Aquél, que ajeno a toda riqueza habla en el corazón de la pobreza.

Porque El Señor es simple como el agua y liviano como el aire; el cuerpo torna entonces instrumento del espíritu transponiéndose así el obstáculo en medio.


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2 respuestas a De la duda y la evidencia

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