Fuerza de Dios

 

Grafía de San Romualdo

Según lo acordado, seguiré al Superior adonde vaya, permaneciendo en silencio dialogaré con él en los momentos que me indique. Tengo libertad para tomar notas.

Luego del aguacero, llegamos a su celda. Después de orar un rato ante “La Crucifixión”, comienza a trabajar sobre un icono que estaba cubierto en la mesita lateral. Aunque está apenas esbozado, me parece reconocer las líneas de “La Resurrección”.

Su trabajo, me queda claro ahora, es liturgia. La precisión de los movimientos, la reverencia en la mirada, los labios que se mueven apenas perceptibles; sobre todo la lentitud, esa manifiesta parsimonia que evidencian todos ellos, hace cúspide en el Superior.

Aquí no hay apuro porque no hay ansiedad, ellos están “en casa” y no van a ningún lado, han llegado ya.

El manejo de los óxidos, el arreglo de los pequeñísimos pinceles, el preparado de la madera…todo se reviste de sacralidad, reforzada por las asiduas genuflexiones que realiza el monje. Observo que no tiene ante sí modelo alguno; interrogado luego sobre esto me dijo:

“Antes de comenzar un icono, este debe estar impreso en uno. Esa imagen ha de ser una internalización y no solo una memorización. Si uno va a buscar la salvación mediante este oficio santo, debe crear un espacio interior de silencio, donde la morfología sagrada pueda vivir”.

Yo rezaba un poco, tomaba notas, leía y observaba. El monje alternaba oraciones con iconografía. Luego de varias horas tuve oportunidad de preguntarle algunas cosas mas en extenso. Le interrogué acerca de cómo era posible llevar semejante tipo de vida. Le explicaba que, según mi entender, a la gente le parecería insufrible una vida con tan poca “diversión”, tan austera y retirada.

Me dijo que los que estaban allí lo hacían guiados por un particular gusto. Que la vocación se manifiesta como una atracción, como un anhelo y un creciente amor por eso a lo que uno es llamado. El llamado al desierto es un impulso muy específico y una de las características es que devora el ser del hombre. Comentó que los llamados al yermo no descansan hasta encontrarse en el y lo describía como un apremio gozoso.

Me impactó especialmente lo que dijo luego respecto de la necesidad que cada eremita tenía de recibir el Espíritu Santo para perseverar en el trabajo ascético planteado. Me comentó partes de su regla, realmente severa y dijo que sin la presencia del Espíritu Santo no era posible respetarla como es debido.

Le pregunté como se manifestaba el Espíritu Santo en su experiencia personal y me dijo:

“Supongo que depende de las personas, sin embargo entre nosotros hay una experiencia similar. El Espíritu empieza a percibirse como un cambio en el tono corporal, como una sensación diferente en el cuerpo todo, aunque suele empezar siendo mas intensa en la frente y las manos, en el rostro también.

Es como una vibración muy suave a la vez que intensa, es como si el cuerpo ardiera sin dolor, como una fuerza que a uno lo atraviesa. Esto se acompaña de una gran tranquilidad del corazón y de una alegría profunda que se va por la mirada hacia todo lo que uno ve.

Esta presencia del Espíritu se hace mas fuerte y notable y hasta mas gozosa mientras mas quieto se esté; la agitación no hace que El Señor se vaya pero si que uno lo sienta menos. También hay un silencio en la mente, como si no hubiera pensamiento, una disposición benévola para todo lo que pueda venir…”

Yo tomé notas textuales de lo que dijo aprovechando que lo decía despacio para ayudarme en la tarea. Me comentó después, que por esa razón, por ese gozo, que aunque mas o menos intenso era permanente, el yugo era suave y la carga ligera. Que ninguno de los que allí estaban padecía la forma de vida, que no estaban allí sufriendo en forma alguna sino todo lo contrario.

Se hizo la hora de Vísperas y salimos hacia la gruta. Estaba casi oscuro pero la luna, aunque baja todavía, ayudaba.

¡Grande eres Señor…fuente de toda inmensidad!

© Derechos reservados

Publicado por Ed. Narcea en

“Dios habla en la soledad”

Aproximación a una Regla de Vida

 

 

 

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