Un rato de quietud

 

Icono de Profeta Elías

La primavera estaba ya adelantada y presagiaba un verano caluroso como pocos. Era mi tercera estancia en la ermita y si bien ya estaba establecida una relación filial con Padre Vasily yo no tenía todavía tanta confianza. Por eso, cuando me propuso orar en silencio ante los iconos, acepté gustoso, sin saber que íbamos a permanecer inmóviles mas de tres horas continuas.

Las experiencias interiores que de esa inmovilidad me quedaron como enseñanza, bastarían para llenar unos cuantos capítulos del libro.

Al no tener confianza suficiente, no me atrevía a moverme y esta quietud forzada vino a ser mejor maestro que la mayor parte de los libros que había leído. Básicamente cambió lo que creía de mi mismo. Me di cuenta que mas allá de cualquier consideración yo era una masa de inquietud.

Y no digo solo que tenía inquietud sino que esta formaba parte de mi identidad, porque no pude reconocer entonces alguna manifestación síquica o física que le fuera ajena. Todo surgía de la inquietud y todo iba a dar a ella, realimentándola en incesante devenir.

Hacia la izquierda las mil prisas, hacia la derecha las recurrentes dudas, hacia atrás cientos de juicios y críticas; hacia adelante los incontables temores. Una cacofonía sin fin me roía por dentro y pude comprender luego la razón de todo el movimiento que había en mi vida, de un lugar a otro y de una ilusión a otra, de un proyecto a otro proyecto, de afán en afán, desgranado por las ansias.

¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí! empecé a gritar por dentro luego de un rato de inmovilidad; pero el grito tenía otra cualidad que en circunstancias anteriores. Era un gemido consciente de la carencia profunda; cualquier otro pedido que hubiera realizado en mi vida se sintetizaba en la paz que buscaba ahora, se me hizo evidente que detrás de cada búsqueda y anhelo solo buscaba el cese del ruido interior.

Fue curioso, pero en esa oración gritada mentalmente con genuino sentimiento, empezó la paz a surgir. Y esa paz me pareció nacida de la verdad interior que el reconocer la propia desesperación brindaba.

“¡La verdad os hará libres!” resonó en el oído del recuerdo.

Mi verdad era una absoluta incomprensión del mundo, de la vida y su sentido; un fortísimo temor al sufrimiento y espanto ante la realidad de la muerte. La muerte física y las otras mil muertes de cada día.

La muerte de las relaciones, de los afectos, de lo proyectado.

Pude ver como vivía en un aterido desamparo, deseoso de calor, de afecto y plenitud. Y también me sucedió de ver a todos los hombres en la misma condición sufrida. Comprendí a mis padres, a mis amigos, a los desconocidos; a los violentos, a los ambiciosos, a los mentirosos, a los bondadosos, a los ruidosos y a los silentes y en un segundo se me apareció el mundo entero gimiendo su carencia al cielo a través de las innúmeras actividades de la historia.

Pero…he aquí lo extraordinario, esa carencia y desamparo venían a ser dones y a regalar sentido.

Cuando Padre Vasily se puso de pie, lo hizo sin dificultad y en silencio salió fuera. Yo, luché con el entumecimiento y el dolor de las piernas y trabajosamente, le seguí. La noche iba avanzando y a través del claro en las coníferas que protegía la ermita, se podían ver muy brillantes, las estrellas. El se hundió en la espesura y no me atreví a seguirlo, suponiendo que necesitaba intimidad.

Me recosté en la hierba a mirar los infinitos puntos de luz. Permanecí sobrecogido, consciente como nunca de la esfera que me cobijaba, flotando en medio de un espacio inmenso. Sigilosamente se me fue deslizando el punto de vista y sin quererlo yo, pasé del deslumbramiento por la inmensidad al descubrimiento de la nadidad.

¡¿Qué es esto Señor?! musité con la mente y la pregunta inquiría a un tiempo por el universo en su vastedad y por mi en la absurda pequeñez. Me sentía tan pequeño pero tan minúsculo que de tan poco empecé con asombro a sentirme grande. Porque ¿que portento es el hombre capaz de albergar tanto en tan poco? Se me reveló la tremenda profundidad de la pequeñez, porque aún en ella el universo se expandía.

A través de las emociones, no del intelecto; vi a la carencia como la esencia del hombre y en ella la raíz de sus búsquedas y en estas el camino hacia el sentido. El sentido de la vida se enlazaba con la conciencia de la nadidad y se asentaba en el reconocimiento del no saber y era en esa verdad aposentado, como Dios y redención se hacían presentes y evidentes.

Se me configuró en ese instante lo que me pareció la madre de todas las oraciones, la “oración natural” por llamarla de algún modo; me di cuenta de que el asombro es la oración universal y que había confundido yo miedo y desamparo con un quedo llamado.

Sin la Sagrada Presencia hay incompletitud y la nostalgia será el fondo de toda actividad; aunque se disfrace de ansiedad, de violencia, de posesividad o ambiciones múltiples y afanes sin final.

Mi asombro crecía y se asentaba hondo y cantaba leve:

¡Grande eres Señor, fuente de toda inmensidad!

© Derechos reservados

Publicado por Ed. Narcea en

“Dios habla en la soledad”


 

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Una respuesta a Un rato de quietud

  1. Hno. Jorge María dijo:

    La experiencia del silencio y la quietud hace que surjan dentro de nosotros experiencias maravillosas; también en ocasiones, tinieblas… pero surje la oración, como lo hacía el Hno. Roger, “no dejes que mis tinieblas me hablen” y el camino continua… una presencia nos deja la paz tan esperada…

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