Lo Divino y lo malo

 

Icono de Jesucristo Pantocrator

Cuando el Prior golpeó despacio la puerta de la celda, ya sintió Joaquín en el sobresalto del corazón, que la respuesta había sido positiva.

El recluso, célebre por su aislamiento casi total, su santidad y sabiduría, aceptó verlo apenas leyó la breve nota que el joven le hizo llegar.

Esto sorprendió al Monje que servía de correo con la ermita, pero más al novicio que había efectuado el envío casi sin esperanza, confiado en una chance que juzgó muy remota.

Sin embargo mientras pasaban los días fue cambiando su percepción interna, le fue creciendo la fe en que un encuentro con el sabio sería posible.

Lo acompañaría el Prior, que molesto por lo que había conseguido el joven, apenas disimulaba su tensión. Faltaban dos días para el encuentro y el novicio decidió ayunar lo más que pudiera aumentando también el tiempo dedicado a la oración.

Lo preocupaba haber sido soberbio en atreverse a gestionar semejante encuentro, algo que muy pocos habían logrado, incluso con décadas de vida monástica. Se refugiaba en el hecho de que la idea le sobrevino durante una oración intensa, sentida y profunda y en que le pidió a Su Señor que sucediera sólo lo que fuera de utilidad para todos. Repetía con más fuerza la oración de Jesús, en el secreto de su mente, cuando se sentía mirado o el objeto de la murmuración ajena.

Al llegar el día señalado y aunque pensó que se sentiría eufórico, lo molestaba el hambre y un ligero temblor que le hizo recordar los momentos previos a los exámenes en la secundaria.

Mientras todos iban hacia maitines, él con el Prior tomaron el sendero que conducía al eremitorio. La madrugada estaba fría, había neblina y el rumor del río era más fuerte que lo habitual, lo que quizás anticipara una crecida del cauce desde las sierras.

Hacía una hora que caminaban despacio cuando llegaron a la ermita del hermano Vasily.

A través del pequeño ventanuco elevado que hacía las veces de chimenea, pudieron percibir el resplandor de la vela, que después vio frente a los íconos. El Prior le lanzó una última mirada que Joaquín se imaginó crítica y golpeó la puerta de madera tosca.

-¿Quién es?- se escuchó al monje Vasily preguntar como sonriendo.

-Prior Guillermo hermano, le traigo a un novicio que Ud. aceptó entrevistar.

-Ah bueno, pero pase primero Ud. eminencia…-dijo el viejo abriendo la puerta-

Joaquín quedó solo, de cara a la noche y a la bruma, que no se veía ahora, pero que se sentía en la nariz, húmeda al respirar. Aliviado, tuvo la certeza de que el santo estaba apaciguando el orgullo del Prior y, en cierto sentido, cumpliendo una labor que nacía de la oración.

En todo caso, confiaba en Vasily y si él hacía eso por algo sería. Se puso a orar concentradamente, tratando de encontrar el lugar del corazón, pero cuando empezó a amanecer se preguntó si no era su orgullo el que estaba siendo “trabajado” por el eremita. Justo en ese instante, salió el Prior, sereno, algo mas esbelto, contento. Con un ademán, lo hizo pasar a la pequeña cabaña.

Dentro se inclinó ante el viejo, que le dio un bastonazo en la cabeza, doloroso, firme. Miró incrédulo al ermitaño que le dijo en alta voz:

-¿Ante quién te inclinas?

-Ante Ud. hermano, lo respeto y le pido su bendición…-balbuceó tratando de salir del paso-

-¿No ves allí el ícono de nuestro salvador Jesucristo? –dijo-, señalando un hermoso “Pantocrátor” con los colores de la tradición eslava, iluminado por una vela, sobre un tronco rústico y seco, que al parecer constituía el oratorio del recluso.

-¿Lo ves?- insistió.

-Si hermano, lo veo.

-¿No te parece que merece más respeto que yo miserable pecador?

-Si hermano, pero no lo vi, primero lo vi a usted.

Unas carcajadas suaves y frescas, espontáneas, surgieron del monje, que con simpatía en los ojos disfrutaba de la situación.

-¿Lo ves? ya te estás justificando, con lo cual dejas sentada tu corrección y señalas lo equivocado que estuve al reprenderte sin saber cómo eran las cosas realmente… dijo en un tono que Joaquín no supo interpretar si era de ironía o simple descripción de lo acontecido.

-No se Padre… disculpe.

-Ahora yo no sé de qué te puedo servir y aconsejar, si apenas entrado ya me equivoco contigo -dijo- simulando pesadumbre de manera notoria.Se ve que muchas luces no tengo. Además vienes buscando un Padre y yo solo soy un hermano.

Joaquín sintió un escalofrío y se dio cuenta que Vasily había empezado con el un proceso que no se detendría y que no sabía cómo iba a terminar. Pese a ello, los ojos risueños del santo lo distendían y recordando que era él mismo quién se había buscado la situación, se entregó mansamente.

-Yo tengo derecho a creer de ti lo que quiera y tú tienes derecho a creer de mi lo que quieras-dijo despacio. Y-continuó- ni lo uno ni lo otro importa un comino.

Y siguió riéndose suave, pero gustoso, natural, ya no resultaba ofensivo. Joaquín también se rió bajito, relajándose un poco más.

-Me hace acordar a una situación en un libro, hermano.

-Algún libro de Castaneda- el muchacho quedó boquiabierto de que el eremita lo conociera.

-¿Te sorprende que lo conozca? Y ni te imaginas las cosas que he leído. Pero llega cierto momento en que uno tiene que dejar de incorporar y empezar a largar, porque si no la cosa no funciona. ¿Muy interesante lo que hacían los indios esos no?

-Si hermano.

-Por eso te digo que la única reverencia importante debe ser ante nuestro Señor, es decir, al poder que tu destino rige… y lanzó una fuerte carcajada festejando su propia ocurrencia al parafrasear al Don Juan de Castaneda. Joaquín se rió también pero estaba desestabilizado, muchos considerarían pecado siquiera recordar esas lecturas profanas y de dudosa antropología.

-Así es hermanito, el Señor lanza el agua sagrada desde el cielo y cae en la montaña y desde allí llega a los valles a través de innumerables riachos, pequeños arroyuelos, y entonces se riegan campos que de otro modo no recibirían agua. ¿Entiendes?

-Creo que sí.

-Está por verse. Ven hermano ven- le dijo tomándolo de un brazo, arrodillémonos ante el ícono de Aquel por el cual lo que pedimos se concede.

Juntos, mirando el ícono, más hermoso todavía a la luz de la llama vacilante, permanecieron callados. Joaquín sintió crecer en él la devoción cálida, acogedora y salvífica. De reojo, a veces, miraba al hermano Vasily, que estaba extático mirando la imagen. Al rato se puso de pie y poniendo un jarro con agua al fuego le dijo:

-Tomaremos un café y charlaremos. Señaló un tronco bajo junto al fuego y se sentó también él dispuesto. Parecía haber cambiado completamente el talante. Seguía jovial, atento, pero estaba como doctoral y parecía recién bañado. Hubiera pasado en ese momento por conferencista de cualquier universidad si no fuera por el habito gastado y raído en los bordes o por la barba demasiado larga.

El novicio pensó entonces que el hermano Vasily se parecía mucho a un grabado o dibujo de Dostoievski que había visto en la contra cubierta de “Crimen y Castigo”. Alcanzándole una hogaza de pan, blando y calentito, junto a un tarrito con café negro y fuerte, el anacoreta inició un diálogo, que aunque pasaron muchos años, Joaquín recuerda sin fisuras.

-¿Para que querías verme?

-Tengo conflictos que no puedo resolver hermano.

-Dime, ¿porque te parece que tus conflictos ameritan que yo rompa mi silencio y distraiga mis oraciones, saliendo de la reclusión que me tengo impuesta?

-Bueno –dijo Joaquín sintiendo que todo se le derrumbaba nuevamente- no se, fue un impulso fuerte, no sé si lo amerita.

-¡Ah! bueno, yo creo que no te sueltas, que te cuidas ante mí y de esa manera no podemos relacionarnos de verdad, sino a través de traducciones y deformaciones de la verdad interna. Es necesario que te desnudes completamente. Que confíes de modo total, absoluto, de otra manera no servirá.

Mi compromiso es permanecer vacío y abandonado para que pase si quiere pasar a mi través, el Espíritu santo e iluminarnos y resolver tus conflictos. Pero el Espíritu no pasará si queremos aparentar, justificarnos, quedar bien, obtener esto o aquello…el Espíritu pasa a través de uno cuando uno no está.

-¡Gracias hermano! –dijo el joven emocionado- eso haré, hablaré ante usted sin limitarme en nada.

-Joaquín, no necesariamente hablar…eso descargará tus tensiones pero no implica abandono ni entrega.

Mirá, en varias ocasiones, estando todavía en el monasterio, tuve oportunidad de lavar el cadáver de algún hermano fallecido, ayudando o asistiendo a quién se encargaba de las formalidades habituales con los cuerpos. Pude comprobar, sobre todo si la muerte era reciente, antes del endurecimiento de los tejidos, una extraordinaria laxitud, una tremenda distensión.

Agarrábamos el cadáver para un lado y para otro y levantábamos un brazo, una pierna y lavábamos con gran libertad, la libertad total que nos daba el cadáver, por completo desinteresado de nuestras manipulaciones.

Me ayudó mucho tener que ejecutar esa tarea porque aprendí sobre el abandono que hay que tener hacia la gracia, hacia lo que el Espíritu quiere hacer de nosotros.

Me acuerdo que el primer cadáver que me tocó lavar era de un cuerpo que había estado ocupado por un hermano muy hosco, agrio, de maneras muy severas; y a mí me llamó la atención lo dócil y blando que se encontraba el cuerpo, que no se parecía en nada a la gestica que tenía al estar inervado por el alma del  hermano fallecido.

Joaquín sintió que una cosa era lo que se le estaba diciendo y otra lo que en realidad estaba aprendiendo, incorporando como enseñanza de vida, desde una fuente de sabiduría real.

Dando un sorbo largo al café, el hermano Vasily miró a Joaquín con extrema atención y simpatía, con afecto genuino y a la vez, con muda interrogación.

-Pero hermano…como diferenciar, porque no se a veces, cuando me suelto, si me entrego a Dios o al demonio. He tenido impulsos que me han parecido buenos y luego han resultado equivocados, nocivos.

-Ese es quizás el tema más interesante que se puede tocar. Dime con más detalle, cuéntame más.

-Me siento llamado a lo contemplativo, al silencio y a la soledad, al monasterio o incluso a la vida de austeridad y desierto como la suya hermano; pero también me siento impulsado al servicio en el mundo, a misionar, a sumergirme entre los pobres como Foucauld o Madre Teresa.

-Ajá, es un conflicto habitual, una lucha entre partes que no debe preocuparte; se resolverá con el tiempo, ambas son formas de servir al Señor. Yo estoy seguro que no es eso lo que te preocupa realmente, hay más debajo de las hojas.

-Si…he tenido fantasías, visiones quizás, donde me veo produciendo cambios, revolucionando cosas…en la misma Iglesia hermano, lo que no sé si es soberbia, locura o si es algo que realmente viene del Señor.

-¿Cómo te ves haciendo esos cambios, en qué situación?

-… no me atrevo Padre.

-Ya te dije que no soy padre todavía.

-Pero quisiera que lo fuera. Yo necesito guía cercana, alguien a quién someterme, hacer solo lo que ese alguien me diga.

-Tienes quién te guíe, ¿acaso no tienes una regla de vida que seguir? ¿acaso no estás bajo la tutela del maestro de novicios?

-Si hermano.

-¿Pero no te es suficiente verdad? No lo consideras lo suficientemente sabio como para guiarte ¿verdad?

Joaquín permanecía con la mirada baja, algo avergonzado y dubitativo.

-Perdóneme hermano no debí molestarlo.

-Te imaginas cierto futuro que no te atreves a manifestar. Te ves haciendo un papel en el drama de la iglesia que te seduce y que deseas pero que temes sea fruto de la mas tremenda soberbia.

Joaquín levantó la vista sorprendido de la videncia interior que el solitario ejercía ahora sobre él.

-Yo te digo hermanito, que si eso es lo que el Señor ha elegido para tu vida, solo debes permanecer calmo y profundizar la oración y la humildad para hacer lo que te dicen. Si ese futuro que ves a veces es real, lo será. Nada debes hacer para lograrlo. En todo caso hacerte más puro, limpiar el corazón de apetencias, acercarte a la dignidad del sueño.

-Entiendo hermano.

Vasily se levantó despacio y agarrando con su mano derecha la cruz tosca que le colgaba del pecho, fue hacia la puerta y salió cerrándola tras de sí. Joaquín quedó solo con los íconos y con su corazón que le latía muy fuerte en el pecho. Había sentido lo que dijo el anciano como una confirmación de su destino y esto lo desequilibraba muchísimo. ¡Qué difícil le resultaría seguir sus consejos! Se preguntó si el encuentro había terminado, no había pasado ni media hora de charla. En eso llegó el monje que dijo:

-El Prior se ha ido. Me ha concedido que te quedes dos días en esta soledad para que reflexiones y charlemos. Joaquín se euforizó pero lo contuvo. Solo agradeció y se llamó a silencio. Por dentro agradecía la oportunidad que el Señor le ofrecía y como hacía en cada momento de ansiedad, comenzó a repetir la oración de Jesús.

– Debes reencontrarte con lo que te trajo hasta acá, con lo que te hizo animarte a pedir la entrevista conmigo.

-Si hermano, en eso estaba justamente.

– Bueno, sentite libre. Yo no sé qué te han dicho de mí, o lo que te has creído. Pero no me siento superior a nadie, ni en capacidad de juzgarte. Puedes hablar lo que quieras que nada saldrá de mi boca jamás, será entre el Señor que todo lo ve y nosotros dos.

Joaquín se sintió cálidamente contenido y decidió atreverse. Además, le quedó claro que el monje era capaz de leerle la mente cuando se lo proponía. Invocó la asistencia del Espíritu pidió perdón por anticipado y dijo:

-Déjeme decirle Padre porque así lo siento.

-Como quieras.

-Padre, yo creo que hay que cambiar muchas cosas en la Iglesia y en el mundo. Pero creo que la Iglesia podría cambiar al mundo y no lo hace por la tibieza de quienes la gobiernan.

El ermitaño se había relajado y permanecía con la espalda derecha y la cabeza inclinada como aguzando el oído hacia el novicio. Las piernas en semi loto sobre el piso, las manos descansando en las rodillas.

-Yo creo que podemos hacer algo más que emitir declaraciones pidiendo la paz en medio oriente o que podríamos ser más eficaces en África. Creo que hemos aceptado que no podemos cambiar los hechos de nuestro tiempo.

-Ajá. Te refieres al Santo Padre.

-Bueno, el podría hacer algo más.

-Si tu fueses Papa, ¿Qué harías? -dijo el ermitaño tocando un tema sensible a la imaginería del novicio-

-…La verdad Padre, que he tenido ese ensueño, esa fantasía de lo que haría yo en esa situación. ¡Qué Dios me perdone! Yo iría como escudo humano, no sé bien… me interpondría entre los bandos. Lo anunciaría y lo haría; pediría la paz ante las cámaras en medio del frente de conflicto, pediría que dejen vivir a los niños, que cese la guerra. Lo haría de manera cinematográfica, astuta, para que impacte en todo el mundo.

¿Usted cree que les resultaría fácil matar al Papa de los católicos ante las cámaras? Disculpe si soy ingenuo o soberbio pero eso que tengo adentro es mi humilde verdad.

-Me parece que es la verdad, pero de humilde no tiene nada -dijo riendo fuerte Vasily- Ahora…quizás no podría evitarse que lo mataran, no se los podría culpar si alguien entre sus filas dispara y da en el blanco.

-Yo confiaría en la Providencia para todo. Asumiría que lo que me fuera a suceder me lo manda el Señor.

-Entonces podés ir asumiendo eso desde ahora. ¿No crees que todo te lo manda El Señor?

-A veces sí y a veces no Padre.

-En un sentido general todo nos viene de Él, porque toda nuestra existencia deriva de su poder creador. Pero más particularmente hablando, podemos diferenciar lo que surge de nuestras partes bajas o de las altas.

O sea que si lo que vas a hacer es bueno para ti y para los demás, no hay dudas de que viene de Él. Pero debe resultar fluido y libre de violencia. Una clara forma de medir el origen es por la violencia.

Si lo que vas a hacer involucra violencia es sabido de donde viene. Y eso de la violencia incluye la que te ejerces a ti mismo. Lo forzado es violencia. Pero seguí con lo que hablabas, cuéntame más.

-Bueno, hay jefes de estado católicos que inician guerras. Yo públicamente les diría que están desoyendo el mandato de Jesucristo. Los exhortaría a resolver el conflicto por otros medios y no los reconocería como parte de la Iglesia si persistieran en su actitud.

La guerra es asesinato con preaviso, es un crimen y debe detenerse. Hemos aceptado las cosas como están, la guerra como parte de la vida y eso no tiene porque continuar.

El ermitaño repetía el nombre de Jesucristo de manera continua con su mente y en su corazón. Escuchaba con atención las palabras de sus interlocutores ocasionales, pero eran como un fondo tenue; el verdadero sonido era la oración, su embeleso permanente.

En esa paz podía ocurrir que se sucedieran frases o convicciones repentinas a las que sentía como fruto del espíritu y así las expresaba. Con Joaquín le había acontecido algo especial. Cuando recibió la nota su corazón se aceleró y ahora, al conocerlo y escucharlo, se sentía viviendo algo especialmente sagrado, como nimbado de un aura particular. Sin atreverse a indagar en el motivo de esas sensaciones, continuaba orando y confiaba en que cumpliría su papel con fidelidad.

-Ya estamos hablando de lo que harás cuando seas pontífice y aún no profesas como monje…-dijo sonriendo Vasily-

-Si Padre me avergüenzo.

-No te avergüences hijo. Ojalá todos tuvieran esos ideales juveniles. Suponte que sean eso, ideales. Déjate guiar por ellos. Si son algo más, el Señor lo sabrá y te lo hará saber. El verdadero tema, es que seas en tu hoy, en tu presente, coherente con ellos. Quiero decir…no entres en guerra con nadie, interponte entre tus hermanos que disputan, sigue a rajatabla la palabra de Jesús…

-Entiendo.

-Actúa hoy como quieres que actúe la Iglesia. Sigue lo que te parezca fiel a la enseñanza.

-¿Y usted cree que si hago eso voy a durar en el monasterio?

-Ah ja já no lo sé, pero no es el tema; el asunto es que seas fiel a lo que tu conciencia te dicta, que suele ser lo que habla el corazón. Antes de actuar debes revisar lo que harás a la luz de lo que enseño Cristo. Ese es el camino simple y certero de discernir de donde viene un impulso.

-Si, entiendo. Padre… ¿no cree que se podría dividir a los sacerdotes en célibes y casados, admitiendo la diferencia en el grado de consagración, pero aceptando a quién no puede renunciar del todo?

-Importa lo que tu creas porque eres a quién el tema afecta.

-Yo creo que la Iglesia renacería Padre.

¿Quién sabe?

-Padre…si una mujer fue digna de llevar en su seno al Salvador del mundo, ¿no podrían ser dignas de oficiar la Eucaristía?

-Podrían.

Siguieron charlando un buen rato, pero siempre así, el joven afirmando y el monje aceptando, remitiendo a lo que Joaquín creía, llevándolo de nuevo cada vez a sus propias intenciones.

Poco a poco las sensaciones del novicio se hicieron contradictorias y fue silenciándose en un intento de aclararse.

Pasaron un rato largo callados, pero en un clima de comprensión, como de oración. Las aves hacía rato que entonaban sus trinos y algunas de ellas, sin duda habituadas, entraban a la ermita por el ventanuco y picoteaban en los estantes y en el piso restos imperceptibles.

Cuando se reanudó el diálogo, hermano Vasily miraba desde otra mirada, sus ojos tenían un fulgor no descriptible y sus palabras se sentían por completo diferentes, cargadas de otro valor o con otra vibración.

© Derechos reservados

Publicado por Ed. Narcea en

“Dios habla en la soledad”

 

Desde la ermita

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Una respuesta a Lo Divino y lo malo

  1. uno más dijo:

    Gran valor del Novicio atreverse a interrumpir La Oracion del Ermitaño.

Invoca a Jesucristo y deja tu comentario, puede servir a otros.

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