Sobre la voluntad

¿Cómo incentivar la voluntad?

En mi experiencia personal, esta es como un músculo. Ha de ejercitarse con regularidad y tenerlo bien alimentado. Nuestro alimento es la oración y la Eucaristía principalmente, canales por donde fluye la gracia.

Ejercitar regularmente la voluntad implica el uso frecuente de lo que no es automático, acostumbrarse a ir “contra la corriente” de lo reactivo, principalmente en lo que hace a las pulsiones corporales y al comportamiento con el prójimo.

Esto se hace paso a paso, sintiendo como cada acción no reactiva fortalece nuestro centro o voluntad. En otras palabras, acumulando memoria de que podemos imponernos por sobre lo material.

Por ejemplo, un ejercicio simple y muy útil que a veces se ha usado en monasterios: Servirse la comida en el plato y no tocarla hasta que pasen diez minutos. (Sonrío). O beber agua, en vez de algo saborizado, o no comer carne ese día… etc.

Levantarse una hora antes de lo previsto para permanecer repitiendo el Santo Nombre de Jesús, hacer algo que se viene postergando. Innumerables actos y gestos, desde los más mínimos hasta los más difíciles, servirán para ir fortaleciendo la voluntad.

No discutir cuando alguien afirma su razón y nos viene el impulso de dar la nuestra, no recriminar aquél error de un semejante, permanecer callado más de la cuenta. En fin, son solo meros ejemplos que se pueden aplicar o no según la circunstancia.

Esta voluntad que se va fortaleciendo es la mejor aliada de la gracia para evitar el pecado, que es lo que finalmente buscamos al fortalecer la voluntad, ese es su principal sentido.

El orden de vida que uno necesita ha de tenerse antes bien pensado, como si de una regla personal de vida se tratara y luego ir poco a poco, ganando batallas sobre el cuerpo y la mente que son quienes más se opondrán a este nuevo régimen.

La mente conspira mediante la continua divagación y el ejercicio de la curiosidad, esa que nos lleva a todas partes sin ton ni son, solo para calmar cierto apetito mórbido, de conocer y de saber sobre esto y aquello.

El cuerpo se opondrá mediante sus pulsiones varias, los instintos animales principalmente.

Por esos ya los antiguos monjes sabían que la oración tenía que ser continua. Por esto la recomendación de nuestro Señor acerca del ayuno y la oración. El ayuno como síntesis de refrenamiento corporal, (no solo mediante la abstinencia de comida que puede hacerse ocasionalmente)…  Y la oración continua como síntesis de refrenamiento y dominio mental.

Text propio del blog

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Un Cristiano

De intercambios por mail

«El cristiano tiene a la Sagrada Escritura y particularmente al Nuevo Testamento como su referencia de vida. Los Evangelios, en especial, son el marco en base al cual forma su criterio y orienta sus actos.

Jesucristo, Dios hecho hombre y resucitado, y Su Madre María Santísima, son su modelo de conducta, no porque pretenda compararse o alcanzar semejante estatura, sino porque son el ideal que le muestra hacia donde tender en sus intenciones y acciones.

El cristiano hace de los sacramentos su principal alimento espiritual. En la Eucaristía ‒Jesucristo vivo‒ busca la fuerza para sostenerse en medio del mundo actual, y en la Confesión ‒el sacramento de la Reconciliación‒ con el reconocimiento de la falta, cultiva la verdadera humildad, esa que nace del conocimiento sin afeites de su propia verdad interior y  que le permite retornar a la Gracia.

El cristiano busca construir en la familia un anticipo de la vida celestial. Hace de ella su primera parroquia y a sus miembros, el primer prójimo. La familia es el pequeño mundo que primero se ha de evangelizar.

El cristiano participa activamente de la vida de la Iglesia según el apostolado al que se siente llamado, e integra los posibles pecados y errores de la misma, mediante su propia acción por el mejoramiento común.

Así, la pregunta: “¿Qué haría Jesús en mi lugar, en esta situación?” puede hacerse práctica continua de búsqueda de la orientación divina.

Aunque sabe que una errónea conducta le aleja de la gracia de Dios, y que necesita de una continua conversión y esfuerzo para alcanzar la propia salvación, siente la profunda convicción de que Dios todo lo puede y no nos deja de Su mano, nos enseña amorosamente, nos muestra la verdad y, atentos a esto, nos perdona. Esta fe profunda o experiencia íntima, según sea el caso, posibilita vivir desde la confianza. Se vive un hacer resuelto y atento a las circunstancias, pero se actúa “descansando en la voluntad de Dios”.

Este hacer confiado posibilita una estabilidad en el contento. La alegría es característica del cristiano, sustentada en su fe en la trascendencia. Hay recuerdo sobre la transitoriedad de la vida y se sabe que esta tiene un propósito que va más allá de los motivos humanos.

El cristiano sabe que el amor al prójimo, el servicio a los demás, es un imperativo central de su fe y que aunque esta solidaridad puede asumir muchas formas según el estado de cada uno, debe siempre ser evaluada en el propio examen de conciencia.

La caridad silenciosa y humilde, discreta, nos permite conocer los distintos rostros que Jesús asume en los que sufren. Amándolos a ellos, Lo amamos a Él.

El cristiano predica su fe con el ejemplo antes que nada y también con la palabra, pero no trata de imponerla a la fuerza. Sabe que la espiritualidad no se cultiva ni crece a partir del forzamiento, es el Espíritu Santo el que transforma los corazones. Transmitir la propia certeza, es un regalo, un acto de cariño, hacia el otro. Nunca será realizado con violencia como un modo de afirmarse a sí mismo.

También sabe que la sociedad actual, cada vez más intensamente, favorece una visión de la vida que no se adapta a su más hondo sentir, por lo que, con la ayuda de Dios, procura mantenerse interiormente fiel y perseverante.

El cristiano se sabe hijo de Dios y así se ve a sí mismo y a todos los demás, más allá del estado espiritual en que se encuentren. Esta filiación le hace valorar la vida y ponerla por encima de lo secundario.

El cristiano en medio del conflicto es mediador, en medio de la injusticia es firme denuncia no violenta. En la necesidad es socorro, es ayuda, material y moral; en la agonía es compañía y esperanza de vida eterna.

El cristiano sabe que la oración es la manifestación más clara de su unión con Dios y busca hacerla continua en las distintas actividades, realizando éstas como un ofrecimiento al Padre. A veces se ora en alta voz, otras en el corazón y muchas veces la acción se transforma en oración.

El cristiano no le huye al silencio, cuando este se presenta lo toma como una oportunidad para anclarse en la divina Presencia. Divina Presencia que se hace eco en la propia mirada que tiñe al mundo del Santo Nombre de Jesús».

Texto propio del blog

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