Homilía del Papa Francisco en la Misa del Corpus Christi 2017

VATICANO, 18 Jun. 17 / 01:00 pm (ACI)

El Papa Francisco presidió aquella tarde en el exterior de la Basílica de San Juan de Letrán la Misa por la Solemnidad del Corpus Christi, en la que dijo que la Eucaristía es el sacramento de la memoria que nos recuerda la historia del amor de Dios por nosotros.

“En el Pan de vida, el Señor nos visita haciéndose alimento humilde que sana con amor nuestra memoria, enferma de frenesí. Porque la Eucaristía es el memorial del amor de Dios”.

A continuación el texto completo de la homilía del Papa Francisco en la Misa del Corpus Christi 2017:

“En la solemnidad del Corpus Christi aparece una y otra vez el tema de la memoria: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer […]. No olvides al Señor, […] que te alimentó en el desierto con un maná» (Dt 8,2.14.16) —dijo Moisés al pueblo—. «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24) —dirá Jesús a nosotros—. El «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6,51) es el sacramento de la memoria que nos recuerda, de manera real y tangible, la historia del amor de Dios por nosotros.

Recuerda, nos dice hoy la Palabra divina a cada uno de nosotros. El recuerdo de las obras del Señor ha hecho que el pueblo en el desierto caminase con más determinación; nuestra historia personal de salvación se funda en el recuerdo de lo que el Señor ha hecho por nosotros. Recordar es esencial para la fe, como el agua para una planta: así como una planta no puede permanecer con vida y dar fruto sin ella, tampoco la fe si no se sacia de la memoria de lo que el Señor ha hecho por nosotros.

Recuerda. La memoria es importante, porque nos permite permanecer en el amor, recordar, es decir, llevar en el corazón, no olvidar que nos ama y que estamos llamados a amar. Sin embargo esta facultad única, que el Señor nos ha dado, está hoy más bien debilitada. En el frenesí en el que estamos inmersos, son muchas personas y acontecimientos que parecen como si pasaran por nuestra vida sin dejar rastro. Se pasa página rápidamente, hambrientos de novedad, pero pobres de recuerdos. Así, eliminando los recuerdos y viviendo al instante, se corre el peligro de permanecer en lo superficial, en la moda del momento, sin ir al fondo, sin esa dimensión que nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. Entonces la vida exterior se fragmenta y la interior se vuelve inerte.

En cambio, la solemnidad de hoy nos recuerda que, en la fragmentación de la vida, el Señor sale a nuestro encuentro con una fragilidad amorosa que es la Eucaristía. En el Pan de vida, el Señor nos visita haciéndose alimento humilde que sana con amor nuestra memoria, enferma de frenesí. Porque la Eucaristía es el memorial del amor de Dios. Ahí «se celebra el memorial de su pasión» (Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Antífona al Magníficat de las II Vísperas), del amor de Dios por nosotros, que es nuestra fuerza, el apoyo para nuestro caminar. Por eso, nos hace tanto bien el memorial eucarístico: no es una memoria abstracta, fría o conceptual, sino la memoria viva y consoladora del amor de Dios. En la Eucaristía está todo el sabor de las palabras y de los gestos de Jesús, el gusto de su Pascua, la fragancia de su Espíritu. Recibiéndola, se imprime en nuestro corazón la certeza de ser amados por él. Y mientras digo esto, pienso de modo particular en vosotros, niños y niñas, que hace poco habéis recibido la Primera Comunión y que estáis aquí presentes en gran número.

Así la Eucaristía forma en nosotros una memoria agradecida, porque nos reconocemos hijos amados y saciados por el Padre; una memoria libre, porque el amor de Jesús, su perdón, sana las heridas del pasado y nos mitiga el recuerdo de las injusticias sufridas e infligidas; una memoria paciente, porque en medio de la adversidad sabemos que el Espíritu de Jesús permanece en nosotros.

La Eucaristía nos anima: incluso en el camino más accidentado no estamos solos, el Señor no se olvida de nosotros y cada vez que vamos a él nos conforta con amor. La Eucaristía nos recuerda además que no somos individuos, sino un cuerpo. Como el pueblo en el desierto recogía el maná caído del cielo y lo compartía en familia (cf. Ex 16), así Jesús, Pan del cielo, nos convoca para recibirlo juntos y compartirlo entre nosotros. La Eucaristía no es un sacramento «para mí», es el sacramento de muchos que forman un solo cuerpo. Nos lo ha recordado san Pablo: «Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan» (1 Co 10,17). La Eucaristía es el sacramento de la unidad. Quien la recibe se convierte necesariamente en artífice de unidad, porque nace en él, en su «ADN espiritual», la construcción de la unidad. Que este Pan de unidad nos sane de la ambición de estar por encima de los demás, de la voracidad de acaparar para sí mismo, de fomentar discordias y diseminar críticas; que suscite la alegría de amarnos sin rivalidad, envidias y chismorreos calumniadores.

Y ahora, viviendo la Eucaristía, adoremos y agradezcamos al Señor por este don supremo: memoria viva de su amor, que hace de nosotros un solo cuerpo y nos conduce a la unidad”.

Texto extraído de ACIPRENSA

 

 

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El vacío existencial

   Me preguntas a que se debe esa sensación de ansia que se siente hacia determinados objetos o hábitos que nos van encadenando.

   Tal cual lo dices, es como un hambre que se agiganta y que pide más de manera insaciable. Esa hambre es el vacío existencial que va cubriendo nuestra mente y nuestros sentimientos, debido a la carencia de la experiencia de Dios en el presente que vivimos.

   Como bien nos dice la ciencia física, todo vacío absorbe lo que le rodea en busca de un llenado que restablezca el equilibrio. Es una ley natural. Por lo tanto es una ley de nuestro creador.

   El hábito de la televisión o el vagabundear en Internet son manifestaciones del mismo principio. ¿Qué se busca sin darse cuenta muchas veces al acudir a estos objetos? Silenciar la mente de lo que la corroe, es decir de preocupaciones o pensamientos negativos. La mente se ocupa entonces de la novela o de la noticia o de cualquier cosa que le atraiga y así sale de sus problemáticas dolorosas, por un corto tiempo.

   No es distinto del que busca poner frío en la herida inflamada y caliente, o del que busca dormir luego de días trabajosos. Y… ¿por qué nos sucede esto en la mente? … ¿la preocupación, la ansiedad y los divagues negativos?

   Porque estamos identificados con ella, es decir, nos creemos esos pensamientos como si fueran nosotros mismos hablando. Nos hacemos idénticos con ellos.

   Y… ¿por qué nos ocurre esta identificación, con tan solo una de las funciones del organismo, como la mente?

   Porque nos falta experiencia de lo que realmente somos. No hemos vivido lo suficiente la experiencia del espíritu, luminoso e hijo de Dios que somos; y que dista mucho de ser un cuerpo de carne o una mente evanescente que depende de los efluvios biológicos.

   Puede resultar extraño, pero cuando se adviene uno a la experiencia espiritual de ser espíritu en el Espíritu de nuestro Señor; uno se sorprende del mismo modo que cuando en medio de terrible pesadilla se despierta uno a la realidad de la vigilia y se descubre que en realidad solo estábamos soñando en nuestro lecho.

   El vacío existencial es la manifestación más clara y dolorosa de creerse uno la falsa identidad corporal, con su mecanismo mental incluido. Todo el sufrimiento deriva, no de los objetos o de las circunstancias, sino de esta creencia errónea.

   Un ejemplo muy usado y que el padre Valentín nos repetía hasta el cansancio, era el del actor en la obra de teatro. Si uno, en la obra de teatro de la parroquia, interpreta a un rey o a un mendigo, todo estará bien. Pero si luego de terminada la obra, uno vuelve a su casa, con su familia y exige ser tratado como rey o como mendigo, según sea el caso, enfrentará muchas situaciones difíciles y dolorosas. Se sentirá mal tratado en un mundo que no lo comprende.

   Nos hemos creído el personaje y hemos olvidado al actor, a la persona verdadera detrás del personaje. Somos hijos de Dios, redimidos y eternos. No hay forma de ser felices o estar en plenitud, creyendo ser el personaje de una tragedia con final mortal.

   Sé que estas cosas no se suelen decir. Las más de las veces por ignorancia, otras por adecuarse a los fieles y a su nivel de entendimiento. Pero puedo afirmarte, que esto que te digo es la experiencia común a la mayoría de los monjes expresados en La Filocalia; que se deja ver en los escritos de muchos santos y místicos, como San Juan de la Cruz y Sta. Teresa; y que se explicita en los escritos de la mística Renana, así como en las palabras de “La Nube…” o en los escritos de Santa Hildegarda, sólo por citar algunos.

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