El Nombre de Jesus y su poder salvifico

Paradójicamente, el tener conciencia de la propia miseria es todo un don, que nos acerca a la bienaventuranza. El que es consciente de su pecado, egoísmo y bajeza, se da cuenta de la condición humana.

Esto permite que pidamos perdón y que tratemos de enmendarnos y así, muchas veces en la vida.

La santidad no es más que la estricta aplicación de las enseñanzas de Jesús. Cuando alguien ha sido verdaderamente cristiano, termina en los altares. No parece nada fácil. Quizá debamos conformarnos con la fe profunda en la misericordia de Dios.

Involucrar completamente la propia vida, cada uno de los actos, en seguir el Evangelio, nos acerca a la posibilidad de la santidad.

La oración de Jesús es un camino que nos va elevando al Cielo. Cuando la recitamos, sea con la mente, el corazón o los labios o en armonía entre esas tres partes de nosotros, el Espíritu Santo ora en nosotros. Nadie puede decir el nombre de Jesús sin ser impulsado a ello por el Espíritu.

De tal manera, por más míseros que nos percibamos o por más indignos de la misericordia que nos consideremos, si el Paráclito nos ha impulsado a nombrar a Jesús… estamos salvados.

La profundidad de la mística del Nombre del Señor, se fundamenta en su poder salvífico, nadie va al Padre sino por Él. Como dijimos hace tiempo en algún escrito y como lo refrendan muchos espirituales en la historia de la Iglesia:

“El Nombre de Jesús es en sí misma, misteriosamente, Su presencia.”

“En sí mismo el Nombre de Jesús, es la garantía de la salvación”.

¿Cómo podría condenarse quién Lo nombra?

Por supuesto enmendar nuestras faltas, ser fieles al Evangelio, acudir con frecuencia a los sacramentos, etc. son siempre necesarios. Pero en cierto modo, la repetición del Nombre nos trae a Aquél que invocamos.

Si estamos en Su presencia… ¿Qué puede pasarnos?

Si bien todos estamos llamados a ser santos (buenos cristianos) nos bastará con pretender la misericordia del Señor en medio de un aprendizaje constante. En cada caída levantarse. En cada duda abrazar la fe.

Conscientes de nuestra pequeñez e indignidad, pero aferrados a la promesa redentora de la resurrección de Jesús, peregrinamos confiados hasta el hogar definitivo, repitiendo sin cesar:

“Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí”.

Texto propio del blog

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Sobre la voluntad

¿Cómo incentivar la voluntad?

En mi experiencia personal, esta es como un músculo. Ha de ejercitarse con regularidad y tenerlo bien alimentado. Nuestro alimento es la oración y la Eucaristía principalmente, canales por donde fluye la gracia.

Ejercitar regularmente la voluntad implica el uso frecuente de lo que no es automático, acostumbrarse a ir “contra la corriente” de lo reactivo, principalmente en lo que hace a las pulsiones corporales y al comportamiento con el prójimo.

Esto se hace paso a paso, sintiendo como cada acción no reactiva fortalece nuestro centro o voluntad. En otras palabras, acumulando memoria de que podemos imponernos por sobre lo material.

Por ejemplo, un ejercicio simple y muy útil que a veces se ha usado en monasterios: Servirse la comida en el plato y no tocarla hasta que pasen diez minutos. (Sonrío). O beber agua, en vez de algo saborizado, o no comer carne ese día… etc.

Levantarse una hora antes de lo previsto para permanecer repitiendo el Santo Nombre de Jesús, hacer algo que se viene postergando. Innumerables actos y gestos, desde los más mínimos hasta los más difíciles, servirán para ir fortaleciendo la voluntad.

No discutir cuando alguien afirma su razón y nos viene el impulso de dar la nuestra, no recriminar aquél error de un semejante, permanecer callado más de la cuenta. En fin, son solo meros ejemplos que se pueden aplicar o no según la circunstancia.

Esta voluntad que se va fortaleciendo es la mejor aliada de la gracia para evitar el pecado, que es lo que finalmente buscamos al fortalecer la voluntad, ese es su principal sentido.

El orden de vida que uno necesita ha de tenerse antes bien pensado, como si de una regla personal de vida se tratara y luego ir poco a poco, ganando batallas sobre el cuerpo y la mente que son quienes más se opondrán a este nuevo régimen.

La mente conspira mediante la continua divagación y el ejercicio de la curiosidad, esa que nos lleva a todas partes sin ton ni son, solo para calmar cierto apetito mórbido, de conocer y de saber sobre esto y aquello.

El cuerpo se opondrá mediante sus pulsiones varias, los instintos animales principalmente.

Por esos ya los antiguos monjes sabían que la oración tenía que ser continua. Por esto la recomendación de nuestro Señor acerca del ayuno y la oración. El ayuno como síntesis de refrenamiento corporal, (no solo mediante la abstinencia de comida que puede hacerse ocasionalmente)…  Y la oración continua como síntesis de refrenamiento y dominio mental.

Text propio del blog

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